Indulgencia
La noche fría cual Cócito la sorprendía vagando por los senderos escarchados, escoltada por árboles blanqueados y decaídos que esperaban como impacientes la llegada del sol. Nada se podía oír en ese momento, hasta los búhos se habían callado.
Solo el inconfundible crujido de las botas de Helena, rompía el silencio de su propia realidad. Frío y mas frío pensó. ¿No he de conseguir nunca llegar?
Habían pasado dos horas y el paisaje seguía intacto, solo silencio y oscuridad. Temor, temor por no llegar a tiempo, por desconocer que iba a hallar.
- ¡Ya solo falta que me coma un lobo!
Rompió el silencio al decirlo en voz alta.
No había más que hacer, solo seguir, avanzar inequívocamente por aquel sendero sin desviar ni siquiera para orinar. Aunque el frío hacia que su cuerpo opine distinto. Tenia que continuar.
Un movimiento la detuvo de un sobresalto, y un reguero de flores rojas como su pelo le cambiaron el panorama.
¿Como habían llegado allí?
Se propuso no seguir investigando debía llegar, debía cruzar el bosque y alcanzarlo antes de que se vaya. Por una vez debía lograrlo.
Esta vez el frío que tenia no le impidió empezar a correr, mientras soñaba despierta recordando sus momentos felices, distintos a todos los demás.
Pisaba las rosas y su perfume la invadía de nostalgia y sus lágrimas calentaban sus mejillas.
Estoy llegando, se decía, y sus ojos apreciaban el humo de la chimenea, acompañado de el asomar de la cabaña en el horizonte.
- ¡Espéeeerame!
Se ahogaba en la silenciosa y blanca noche.
Un perro ladraba cerca de la puerta donde un viejo hombre salia a recibirla. Tenía una expresión neutra.
No fue necesario nada más, sus ojos lo decían todo.
-¡No pude llegar! Quería decirle tantas cosas...
El anciano no le hablo, no podía decirle nada, simplemente tomo sus manos y puso una hoja de papel en ellas al tiempo que las cerraba y protejía con sus guantes del tiempo. Luego dío una vuelta y entro nuevamente a la vivienda.
Ella no entró; en vez de eso se sentó al lado de la puerta y comenzó a leer.
Después de hacerlo simplemente no puedo hacer ni decir nada mas, su tiempo se detuvo.
Aunque la carta no lo decía, lo supo de antemano; el la perdonó. Siempre que quería hacer las pases con ella, le regalaba un ramos de rosas rojas.
Ahora su perfume estaba con ella.