domingo, 20 de diciembre de 2009

Lucha


La arena blanca de la playa absorbía una a una las gotas de sangre de sus heridas, Estaba dispuesto a seguir luchando, solo tenía en su mente una cosa, ganar, no había tiempo para nada más, y es que, ¿Qué es un guerrero sino un manifiesto del valor humano, que como muchos de nosotros anhelamos alcanzar pero que solo algunos pueden? el valor en si solo es para unos pocos pero también es cierto que es algo contagioso, se transmite y permite al mas débil y cansado de los individuos levantarse, ponerse en pie, luchar.
Dos mal vivientes sometían a su hermana mientras otras dos luchaban contra él, lo golpeaban brutalmente. ¡Que grave error habían cometido al alejarse tanto de las playas turísticas! Cuan grave había sido ese error que ahora debían pagarlo enfrentándose a semejantes consecuencias. Pero el no lo iba a permitir, o no.
¡Es ahora o nunca!
Su codo terminó incrustado en la cara del más pequeño de ellos, sintió como algo más blando cedía ante esa acción. ¿Un ojo quizás? No tenía tiempo de pensarlo. Todavía quedaban tres y el sonido del rasguito de las prendas se opacaba ante el grito de angustia y desesperación.
¡Tengo que detenerlo!
Sus pensamientos se ahogaban en sangre y vomito ante la patada en la boca del estomago que el atacante le propinó, simplemente cayo de rodillas y su vista se nubló. Pero no podía darse el lujo de desmayarse, ya no había tiempo para nada más.
¡Ese hijo de puta esta encima suyo! ¿Con que cara podría mirarla de nuevo si dejo que esto suceda?
- ¡Noooooooo! – Un solo salto y se reincorporó nuevamente a la lucha. Solo basto el impulso provisto de lo que le quedaba de energía y aplasto su rostro a merced de su puño, el desgraciado no lo vio venir, ni antes ni después, simplemente se desplomó.
- ¡Ustedes Dos, Suéltenla!
- Te vas a arrepentir de lo que le hiciste a mis amigos, solo nos divertíamos con la puta esta, pero ahora no te van a quedar ganas de cortarle el polvo a nadie, maricón.
El más alto de los dos saco una navaja de su bolsillo trasero, el otro lo imitó, eran dos tipos amenazándolo con armas blancas, su hermana tirada en el suelo semidesnuda, y él.
El mar arrastraba sus manos hacia los pies de la muchacha, incluso le robo una prenda, luego se ra devolvió. Dos gritos más se escucharon en aquel ocaso, al parecer, no había ese día mejor manera de aprender la lección.
Emmanuel Peralta

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